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Los bebés prematuros ingresados en unidades de cuidados intensivos neonatales pueden ser sometidos a aproximadamente 14 procedimientos dolorosos al día, como punciones, colocación de sondas o pruebas diagnósticas. Durante décadas, se asumió que los recién nacidos experimentaban poco o ningún dolor. Sin embargo, la evidencia actual muestra que esta percepción es errónea. Hoy se sabe que, ante un mismo estímulo doloroso, los neonatos, y especialmente los prematuros, experimentan un dolor más intenso y sostenido, con mayor riesgo de generar consecuencias biológicas a largo plazo.
En la década de 1980 predominaba la creencia de que los recién nacidos no percibían dolor. Esta idea se apoyaba en teorías de Charles Darwin, que consideraba que las respuestas al dolor en los bebés eran reflejas y carecían de experiencia consciente.
“Se basaba en investigaciones sobre la inmadurez del sistema nervioso, interpretada erróneamente como incapacidad para sentir dolor, y también en la preocupación por los posibles riesgos de los fármacos analgésicos”, explica la doctora Itziar Marsinyach, coordinadora del Comité del Dolor Infantil de la Asociación Española de Pediatría (AEP), en declaraciones a EL MÉDICO INTERACTIVO. Como consecuencia, durante años, se realizaron procedimientos e incluso cirugías sin analgesia ni anestesia.
“A finales de los 80, los estudios de Anand & Hickey y Sue Fitzgerald demostraron que los neonatos, especialmente los prematuros, sí sienten dolor”, añade la pediatra. Estos trabajos impulsaron un cambio en la práctica clínica, con la introducción de la analgesia sistémica y escalas de evaluación del dolor en neonatos.
Los estudios con neuroimagen y resonancia magnética funcional han demostrado que en los neonatos se activan áreas corticales ante estímulos dolorosos de manera comparable a los adultos, confirmando que las vías nociceptivas están operativas antes de nacer. “Desde las 20 semanas de gestación, el feto presenta nocicepción y puede responder a estímulos dolorosos a través de las vías nerviosas básicas, que transmiten la señal hacia la médula y provocan reacciones reflejas. Entre las 28 y 30 semanas, con la maduración del tálamo y la corteza cerebral, se desarrollan las vías cortico-talámicas, que permiten la experiencia consciente del dolor”, expone a EL MÉDICO INTERACTIVO Ester Solé, psicóloga e investigadora en dolor pediátrico en la Universitat Rovira i Virgili (URV) y coordinadora del Grupo de Dolor Infantil de la Sociedad Española del Dolor (SED).
La inmadurez del sistema nervioso hace que los neonatos experimenten dolor de forma más intensa, sobre todo si son prematuros. “Esta mayor intensidad se debe básicamente a la inmadurez de los sistemas a nivel cerebral y del sistema nervioso central y periférico. Y, sobre todo, presentan menos inhibición del dolor. También por una mayor excitabilidad neuronal debida a la inmadurez de los circuitos, que acaba generando respuestas fisiológicas más marcadas”, completa la psicóloga de la SED.
En la actualidad existen más de 40 escalas para medir el dolor neonatal. Incluyen ítems relacionados con las conductas de dolor, como el llanto, la expresión facial, los movimientos, el grado de tensión muscular y la facilidad o dificultad para consolar al bebé, entre otros. También incorporan parámetros fisiológicos como la respiración, la frecuencia cardiaca, la saturación de oxígeno y la presión arterial. La valoración conjunta de estos indicadores permite una evaluación del dolor en neonatos.
Algunas de las escalas internacionales más utilizadas son la Premature Infant Pain Profile (PIPP), la Neonatal Infant Pain Scale (NIPS), la Crying Requires oxygen, Increased vital signs, Expression, Sleeplessness (CRIES) y la Comfort Scale. Todas ellas combinan indicadores conductuales y fisiológicos. La PIPP y la NIPS permiten ajustar la puntuación teniendo en cuenta si son prematuros. En España se usan varias de ellas en la práctica clínica, aunque algunas de no han estado validadas en español. La CRIES, por ejemplo, tiene validación al español en países latinoamericanos. Y la PIPP-R se ha validado recientemente con una muestra de la población española. En españa además, existe una escala validada por un miembro del Grupo de Dolor de la SED, Francisco Reinoso. Es la escala Llanto, de carácter conductual para niños de entre cero y seis años.
Ana Mínguez, farmacéutica hospitalaria experta en tratamiento del dolor en población pediátrica y adulta, y miembro del Grupo de trabajo del Dolor de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), declara que el abordaje del dolor infantil es “uno de los mayores retos éticos y clínicos de la medicina actual”. Durante la II Jornada “Atención Farmacéutica en dolor”, organizada en marzo por este grupo de trabajo, Mínguez puso el foco en el concepto de “huella biológica” del dolor. Explicó que la exposición repetida a estímulos dolorosos en etapas tempranas supone “una agresión al sistema nervioso en desarrollo, dejando una impronta duradera que puede traducirse en alteraciones en el procesamiento del dolor y mayor riesgo de dolor crónico en la edad adulta”.
“Este dolor puede llegar a ser incapacitante, afectando a la vida cotidiana: interrumpe la escolaridad, desestructura el entorno familiar y puede favorecer la aparición de ansiedad o depresión”, señala en declaraciones a EL MÉDICO INTERACTIVO. En esta línea, Mínguez destaca la importancia de iniciativas de divulgación como el proyecto Dolor.in, un espacio centrado en la concienciación y el abordaje del dolor en población pediátrica, dirigido tanto a profesionales como a pacientes y familias.
Las intervenciones o procedimientos dolorosos en edades tempranas pueden afectar a la sensibilización central y tener consecuencias en la edad adulta. “Estos bebés corren el riesgo de que su sistema nervioso sea más sensible en el futuro, es decir, que cuando sean niños o adultos reaccionen con más intensidad a estímulos que para la mayoría de las personas no son dolorosos, fenómeno conocido como anonimia, que ocurre incluso con una simple caricia”, manifiesta la psicóloga de la SED. Y añade: “posteriormente es importante evaluar si esta sensibilización central puede derivar en dolor crónico”.
En segundo lugar, el dolor precoz puede provocar cambios en la sustancia blanca del cerebro. “Durante este periodo de vulnerabilidad, en el que se están formando las conexiones neuronales, cualquier afectación en la sustancia blanca puede alterar los circuitos neuronales, lo que contribuye a la mayor sensibilidad al dolor y a las respuestas fisiológicas intensificadas que se observan en estos bebés”, expresa la psicóloga.
Finalmente, el dolor en estas primeras etapas de la vida puede producir cambios neuroendocrinos relacionados con el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, que regula la respuesta hormonal al estrés. “En los bebés expuestos a dolor repetido se han observado niveles más altos de cortisol y alteraciones en la regulación del estrés, lo que puede incrementar el riesgo de dolor crónico a largo plazo”, apunta la psicóloga.
Estos efectos muestran cómo las intervenciones y procedimientos médicos tempranos en neonatos y, especialmente en prematuros, pueden dejar una huella biológica duradera, afectando tanto la sensibilidad al dolor como la capacidad de respuesta al estrés en la infancia y más adelante. Es por ello que los expertos insisten en que solo deben realizarse estos procedimientos dolorosos cuando es estrictamente necesario.
El tratamiento del dolor infantil se basa en un enfoque multimodal que combina distintos fármacos con mecanismos de acción complementarios para reducir tanto la dosis como los efectos secundarios. “Los fármacos clave son el paracetamol y el ibuprofeno, siempre ajustados según la dosis mg/kg de peso del niño”, asegura la farmacéutica hospitalaria.
“En procedimientos o intervenciones muy dolorosas se recurre a opioides como morfina o fentanilo, que están aprobados para el tratamiento del dolor infantil. La morfina es el estándar de oro en el manejo del dolor infantil cuando es muy intenso”, añade. Y concluye: “la dosis debe calcularse de manera individualizada, y por ello es fundamental la presencia del farmacéutico hospitalario, que garantiza la seguridad de la formulación y la correcta administración, asegurando así eficacia y seguridad en el tratamiento”.
Se han demostrado muy efectivas intervenciones no farmacológicas para reducir al mínimo el dolor durante los procedimientos o intervenciones dolorosas en recién nacidos. “Son de bajo coste, aportan beneficios y pueden disminuir la huella biológica que estos procedimientos dejan a largo plazo”, indica la psicóloga de la SED.
Entre las más utilizadas se encuentra la lactancia materna durante un procedimiento doloroso, que ayuda a reducir la percepción del dolor. Otro método es el canguro o piel con piel, en el que el bebé se coloca sobre el pecho desnudo de la madre o el padre, calmándolo y disminuyendo el dolor. La administración de solución de sacarosa oral junto con el uso del chupete ha demostrado también calmar y reducir la percepción de dolor.
“Cuando un niño queda solo en un entorno agresivo y se le aplican medidas invasivas, queda desprotegido. Por eso es esencial que los niños estén acompañados por sus padres durante cualquier procedimiento: esa presencia representa el verdadero poder de la humanización en la atención sanitaria”, afirma la farmacéutica hospitalaria.
“El dolor infantil ha sido el gran olvidado de la sanidad en todos los entornos. Es importante que todos los profesionales que nos dedicamos al tratamiento del dolor sepamos que el niño también tiene necesidades muy importantes. Desde medicina, enfermería, farmacia, fisioterapia, psicología, pedagogía y ginecología”, concluye la farmacéutica hospitalaria.
Desde la AEP, Itziar Marsinyach, recuerda que existen limitaciones en las estrategias actuales para el manejo del dolor. “Los analgésicos actúan sobre receptores que también participan en el neurodesarrollo y hay múltiples estudios publicados sobre el efecto negativo que su uso puede tener en pacientes neonatales, sobre todo en prematuros. Las medidas no farmacológicas son eficaces para el dolor leve, la duda surge para enfocar el abordaje del dolor del recién nacido crítico que se enfrenta a ventilación mecánica invasiva o procedimientos quirúrgicos de dolor severo conocidos en adultos”, dice.
La evaluación del dolor constituye otra de las grandes limitaciones. Actualmente se basa en escalas que combinan signos conductuales y fisiológicos, pero presentan problemas de uso, fiabilidad y aplicación clínica. En este sentido, una reciente revisión Cochrane señala que muchas estas herramientas presentan limitaciones metodológicas, como evidencia insuficiente sobre su validez y precisión, lo que pone de manifiesto la necesidad de mejorar su desarrollo y estandarización.
Desde la SED, la psicóloga recuerda que, en adultos, el estándar de referencia para la evaluación del dolor es la declaración autoinformada del paciente. Sin embargo, este enfoque no es aplicable en neonatos, ya que no pueden comunicar su experiencia. Por ello, se recurre a escalas basadas en indicadores conductuales y fisiológicos, aunque ninguna se considera un verdadero gold standard. Actualmente, diversos grupos de investigación internacionales trabajan en el desarrollo de herramientas más objetivas. Ante estas limitaciones, se están explorando nuevas soluciones, como el uso de inteligencia artificial para analizar expresiones faciales y parámetros fisiológicos en tiempo real, con el objetivo de mejorar la detección del dolor y optimizar el tratamiento.
Finalmente, a nivel biológico se están investigando los mecanismos implicados en la huella del dolor precoz, observándose una relación con la regulación hormonal, la respuesta al estrés y los circuitos de procesamiento del dolor. “Sin embargo, aún existen incógnitas relevantes, como por qué algunos niños desarrollan dolor crónico en la edad adulta tras exposiciones similares, mientras que otros no. Estas experiencias tempranas se consideran un factor de riesgo, aunque la variabilidad individual sigue siendo un aspecto clave por esclarecer y nos faltaría determinar por ejemplo que otros factores psicosociales pueden interaccionar con este factor de riesgo neonatal y facilitar que el niño acabe desarrollando dolor crónico”, remata la psicóloga de la SED.